RAMÓN J. SENDER

En 1974 Ramón J. Sender vuelve a España. El escritor, que tiene ya 73 años, vuelve a estar con familiares, recupera antiguas amistades y completa las noticias sobre aquellas personas que fueron importantes para él y de las que no supo más desde su exilio en 1939.

Entre esas noticias está la del trágico final de D. Francisco Laguna, dueño de Monte Odina, fusilado a comienzos de la Guerra Civil por los republicanos. Muerte que se suma a la de su hermano o a la de su esposa como cuenta en “Monte Odina”:

“(…) don Francisco murió como ya sabes. Papá tuvo un disgusto tremendo y yo lloré un poco. No mucho. Teníamos tragedias más cercanas.”

 

Es verdad. Casi al mismo tiempo asesinaron los fascistas en Huesca a mi   buen hermano Manuel por el “delito” de ser alcalde republicano.

Y a mi esposa la mataron en Zamora, como he dicho en otra ocasión. Los fascistas, claro. Entretanto a mi en Madrid me buscaban la vuelta los comunistas de Stalin. La vida española era entonces más fabulosamente absurda que nunca.

D. Francisco fue para él ese amigo mayor que te echa una mano en la juventud. El que, delante de su padre, le ofrece un cigarrillo, para que a partir de ahora ya no tengas que fumar a escondidas. El que le facilitó la entrada al periódico “La Tierra”, donde escribió sus primeros artículos. El que, en fin, le brinda la oportunidad de hacer una biblioteca en Monte Odina:

- ¿Sabes qué es Monte Odina? – me preguntó.

Y añadió que era una finca que iba a remodelar y pensaba dotarla de una buena biblioteca. Yo sería el encargado de hacer el índice de libros que debía comprar y, naturalmente, aquella sería mi biblioteca.

Ramón J. Sender decide entonces cumplir, en cierto modo, su compromiso de confeccionar la biblioteca, y escribe “Monte Odina” (1980), donde con la excusa de componer la biblioteca escribe un compendio de recuerdos, vivencias y pensamientos que entremezclan verdades y ficciones literarias. Un compendio que él define como unas “verdaderas memorias apócrifas.” Lo que explica diciendo que hay obras que, siendo originales, el autor mismo califica como apócrifas. Y añade:

Esto me recuerda la anécdota de Picasso, que estando escogiendo entre un centenar de obras atribuida a él las que eran verdaderamente suyas, al rechazar una de ellas, su amigo Sabater le dijo:

         -Vamos, Pablo. Yo te he visto pintar esa tela.

Y Picasso respondió:

         -¿Y qué? Yo también he hecho falsos Picassos.

Ramón J. Sender hace un libro integrador escrito desde ese Monte Odina idílico y pacífico, explicándonos las experiencias, conocimientos y temores de quien ha vivido mucho, denunciando la violencia partidaria, sea de un lado o de otro, que se llevó a su amigo, a su esposa, a su hermano, o que le persiguió y le llevó al exilio. Y finalmente expresa, al final del libro, su esperanza en el futuro:

Espero que Nena -con la enorme autoridad de su fe religiosa- continúe rezando alguna vez para que el universo siga existiendo con sus océanos, sus montañas, sus constelaciones nocturnas, sus albatros, sus cocodrilos y -¿por qué no?- sus hombres.

Es decir, nosotros.

 

Vinos a Sender

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